"Llamar a la dictadura por su nombre", piden cubanos residentes en España

Estamos asistiendo con estupor e indignación a la renuncia del Gobierno de España a adoptar una posición clara y firme en favor de los manifestantes y en contra del régimen autoritario de La Habana

Represión de la policía política a manifestantes de las protestas del 11 de julio de 2021 en La Habana. (Marcos Evora)
Represión de la policía política a manifestantes de las protestas del 11 de julio de 2021 en La Habana. (Marcos Evora)

Hemos asistido a un levantamiento popular en Cuba como no se había conocido otro en los últimos 60 años. La inercia y el miedo generados por décadas de ese cóctel siniestro que se hace mezclando el entusiasmo con la represión -el reverso simbólico exacto de un cubalibre- saltaron por los aires el 11 de julio bajo el empuje de una generación de jóvenes cubanos que han abandonado la aspiración a emigrar, pero se niegan a ser parte de un sistema que ya solo les brinda la espuria ilusión de la excepcionalidad de Cuba. Son cubanos que quieren vivir en un país más próspero y más justo, y que espoleados por el hambre de pan y de libertad, unido a la preocupación por la gestión sanitaria de la pandemia, están planteando estos días una rebelión que sitúa a la juventud cubana en el mismo diapasón de anhelos que manifiestan jóvenes de todo el mundo.

Cuba, desde hace unos años y de manera rotunda ahora, ya no es una excepción. Bien al contrario, los jóvenes cubanos son parte de un mundo y una generación que reclaman un papel preponderante en la construcción de una sociedad de igualdad y derechos. No es por gusto que el reclamo de libertades políticas y económicas que hacen los cubanos haya venido acompañado estos últimos años de urgentes reivindicaciones en materia de raza, género o derechos de los animales.

Los testimonios de la pasión y la desesperación de esos jóvenes que hemos visto marchar por las calles y ciudades de Cuba son elocuentes. El domingo 11 de julio salieron a la calle decenas de miles de cubanos en multitud de localidades, que incluyeron Santiago de Cuba y La Habana. Lo hicieron sin más coordinación que la que dictaba el eco que resonaba en sus teléfonos móviles, en las redes sociales. Fue hermoso hasta que comenzaron los palos, porque no menos elocuentes son las imágenes de la represión a la que hemos asistido.

Los jóvenes cubanos son parte de un mundo y una generación que reclaman un papel preponderante en la construcción de una sociedad de igualdad y derechos

Hombres y mujeres arrastrados, golpeados y detenidos por las tropas gubernamentales y las fuerzas paramilitares que se han utilizado durante décadas para reprimir, atemorizar y acallar a los cubanos. Secuestros, allanamientos de morada, detenidos que aún continúan desaparecidos, al menos un muerto... En una alocución al país televisada a media tarde de aquella jornada, Miguel Díaz-Canel, quien ejerce hoy como presidente de Cuba, llamó a la violencia, al enfrentamiento civil entre cubanos, de manera inequívoca: "La orden de combate está dada: a la calle los revolucionarios", dijo. Era la extensión natural de un lema que heredó de los hermanos Castro. Aquel de que "la calle es de los revolucionarios" que han coreado durante décadas los perpetradores de los "mítines de repudio", probablemente la expresión más siniestra del terror revolucionario desde que se ha tomado un receso el paredón.

Sus palabras significaron que la integridad física e incluso la vida de los manifestantes estaban amenazadas desde la máxima autoridad del Estado. Pero significaban aún más: el divorcio de la jerarquía política en Cuba y el pueblo es ya un hecho incontrovertible. Apenas unas horas después, la policía comenzó a disparar sobre la gente.

En medio de esta situación tan ilusionante como terrible, quienes firmamos esta carta, en su mayoría ciudadanos españoles nacidos en Cuba, estamos asistiendo con estupor e indignación a la renuncia del Gobierno de España a adoptar una posición clara y firme en favor de los manifestantes y en contra del régimen autoritario de La Habana.

La renuncia, hiriente y patética, a reconocer que en Cuba impera una dictadura que priva a los ciudadanos de derechos humanos elementales, las piruetas verbales de dirigentes de los principales partidos de izquierda en España que ostentan los más altos cargos en el Gobierno (Pedro Sánchez, Nadia Calviño, Yolanda Díaz, Isabel Rodríguez...) para evitar una denuncia clara y rotunda de un régimen despreciable, no parecen casar bien con políticos y partidos que con tanta pasión proclaman defender la ampliación de derechos ciudadanos, que se enfrascan en la denuncia de la dictadura que padeció España durante décadas, que, en definitiva, se reclaman como partidos de progreso. ¿Acaso los cubanos no merecen gozar de los mismos derechos y libertades que el resto de ciudadanos de Hispanoamérica? Más: ¿acaso las largas decenas de miles de cubanos que nos hemos nacionalizado en España y hemos hecho nuestro este país de libertades merecemos tamaño desprecio por parte del Gobierno?

Nada puede, nada debe impedir a los responsables políticos del Gobierno de España y a los partidos de izquierda que hoy gobiernan denunciar a la dictadura cubana

Nada puede, nada debe impedir a los responsables políticos del Gobierno de España y a los partidos de izquierda que hoy gobiernan denunciar a la dictadura cubana. Ni la oposición al embargo norteamericano que pesa sobre la Isla, ni el cálculo cortoplacista que busca proteger las inversiones españolas en Cuba -sacando provecho de la inmoralidad de pretender ventajas económicas aprovechándose del mismo embargo que denuestan-, sirven, pues son dos excusas igualmente esclavas de un paisaje anterior al que Cuba y los cubanos habitan ahora. Ya Cuba no vive en el territorio de los debates del pasado. Saliendo a las calles a pedir libertad, los cubanos han saltado de siglo y nos arrastran, también a los políticos españoles de derecha y de izquierda, con ellos.

Que la economía cubana es un desastre, que sus élites militares y civiles -¡si alguien es capaz de distinguirlas!- son corruptas, que en la última década se han dilapidado las reformas en favor de una apertura a la economía privada, los llamados cuentapropistas, son verdades asequibles hasta al más perezoso de los jaleadores de la Cuba de hoy.

A estas alturas, los cubanos no pedimos compasión. Después de décadas de soledad, de tantos años viendo a los gobiernos del mundo, y a los de España también, mirar hacia otro lado y responder a la política a la vez bravucona y victimista del régimen de La Habana con cesiones y el estéril ejercicio del "acompañamiento", un trasunto colonial del apaciguamiento, muchos ni siquiera pedimos ya solidaridad.

Pero respeto sí. Respeto por la verdad. Respeto por los jóvenes que estos días sacan a Cuba de la noche de la historia para meterla de golpe en el paisaje de la protesta y el reclamo global de derechos y libertades. Respeto por quienes enfrentan a un régimen armado hasta los dientes con la sola fuerza de sus cuerpos y la voz con que gritan; ellos sí, conscientes de la naturaleza y tamaño del monstruo que enfrentan: "¡Abajo la dictadura!".

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Junto a Jorge Ferrer y Ginés Górriz firman esta tribuna:

César Mora

Abilio Estévez

Rolando Sánchez Mejías

Antonio José Ponte

Juan Abreu

Heidi Hassan

Carlos Quintela

Ladislao Aguado

Leandro Feal

Pío Serrano

Eduardo López-Collazo

Pablo Díaz Espí

Patricia Pérez

Marco Castillo

Dean Luis Reyes

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Nota de la Redacción: Este artículo se publicó originalmente en el diario El Mundo.

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